ULTIMO RECORRIDO Y GUARDADA: 01 DE NOVIEBRE DEL 2016

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viernes, 9 de julio de 2010

EDUCAR CON EL EJEMPLO



EDUCAR CON EL EJEMPLO
Para educar a los hijos, ¿basta el ejemplo de los padres? No, evidentemente. El
ejemplo es imprescindible, pero además es necesario que los padres tengan la
intención de lograr una mejora en los jóvenes y de contrarrestar la influencia de las
malas compañías o de las ideas erradas.
El ejemplo tiene mucho peso porque los hijos tienden a imitar lo que sus padres
hacen, pero hay que reforzarlo con ciertas exigencias.
El ejemplo tiene valor porque actúa como estímulo para los hijos, en dos sentidos.
En primer lugar, como estímulo para imitar a una persona a quien el niño admirar y
quiere y, en segundo lugar, como un estímulo a la reflexión
El ejemplo hará pensar a los hijos sobre el porqué de la acción, especialmente
mediante la comparación del modo de actuar de sus padres con el de los padres
de sus amigos.
Pero quizá el valor más notable del ejemplo radique en su calidad de estímulo
para superarse.
Así visto, el estímulo supone que los padres tienen deficiencias, y ello a pesar de
que a veces piensan que es mejor que sus hijos no conozcan sus fallas. Pero esto
debe matizarse: si un padre tiene una conducta reprobable o un vicio, entonces su
ejemplo será francamente negativo.
Pero si tiene una deficiencia no muy grave y los hijos ven que se esfuerza por
superarla, entonces pueden imitarlo en este aspecto, de modo que su ejemplo les
sirve para desarrollar su fuerza de voluntad.
Con todo, el ejemplo no basta por dos motivos. En primer lugar, no se trata de que
los hijos imiten ciegamente a sus padres, sino que sepan hacer suyos los valores,
lo cual supone luchar observando ciertos criterios.
En segundo lugar, el ejemplo debe acompañarse por orientaciones razonadas y
explicaciones, pues de lo contrario el hijo puede pensar que el comportamiento y
las ideas de sus padres nada tienen que ver con él y con su realidad.
Puede suceder que se dé cierta flexibilidad en los hijos, cualquiera que sea su
edad, en el sentido de que tiendan a evaluar a los demás por lo que hacen y lo
relacionen con lo que ellos han aprendido en su hogar. Así, adoptan su propia
conducta como criterio para juzgar a los demás.
La buena voluntad no basta. También hace falta la prudencia para orientar.
Accesado en: Sembrar familia

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