Trabajando al Servicio de Dios y el Prójimo

Trabajando al Servicio de Dios y el Prójimo
SIEMPRE A TUS PIES, MI SEÑOR DE LOS MILAGROS

miércoles, 22 de junio de 2011

Corpus Christi



Ciclo
A Corpus Christi
26-6-2011


Fiestas
"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él".


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Introducción
Celebramos hoy en la Iglesia la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, tradicionalmente conocida como Corpus Christi, es una de las celebraciones de gran raigambre en la cultura y religiosidad popular de muchos de nuestros pueblos. La costumbre nos concitaba en otro día sin embargo, el jueves. Uno de esos jueves, como decía mi abuela, que relucen más que el sol. Los tiempos y los cambios en la forma de expresión de la fe y de la vida han hecho que hoy ya se celebre la festividad el domingo en muchos lugares.
Celebrar el Corpus Christi no es una celebración de la fisiología de Jesús ni por supuesto una exaltación de las propiedades de su sangre. Celebrar el Corpus significa celebrar la vida, la vida dada, regalada. La vida de un hombre: el Hijo de Dios, que se hace alimento para darnos a nosotros MÁS vida.
Lo que hoy celebramos es la vida hecha alimento y la pregunta que nos quedará a cada uno de nosotros como seguidores de Jesucristo es en qué medida mi vida como creyente es también, a su manera, alimento de vida para los demás.


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Lecturas
Lectura del libro del Deuteronomio 8,2-3.14b-16a:
Moisés habló al pueblo, diciendo: «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres.»


Sal 147,12-13.14-15.19-20 R/. Glorifica al Señor, Jerusalén
Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10,16-17:
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.


Lectura del santo evangelio según san Juan 6,51-58:
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

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Comentario Bíblico
Está viendo el comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez
También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Esta festividad del Corpus Christi, ya no en jueves sino en el domingo siguiente, fue instituida por Urbano IV en 1264, quien le encomendó a Santo Tomás de Aquino un oficio completo, algunos de cuyos himnos y antífonas han pasado a la historia de la liturgia como la expresión teológica más alta de este misterio inefable de la Eucaristía.
Descubrir las raíces últimas, culturales y religiosas de este sacramento de la Iglesia, que se retrae a la última cena de Jesús con sus discípulos, es un reto para una comunidad y para cada uno de nosotros personalmente, ya que como dice el Vaticano II, este sacramento es como la «culminación de toda la vida cristiana» (LG 11) y también en cuanto en él «vive, se edifica y crece sin cesar la Iglesia de Dios» (LG 26).
Pero la Eucaristía no es un sacramento cosificado, como algo sagrado, sino que siempre se renueva y se crea de nuevo desde el compromiso de Jesús con su comunidad, con la Iglesia entera. En cada Eucaristía acontece siempre algo nuevo para nosotros, porque siempre tenemos necesidades nuevas a las que el Señor resucitado de la eucaristía acude en cada una de ellas. Por ello, los textos de la liturgia de hoy están transidos de ese carácter inefable que debemos buscar en este sacramento.

Iª Lectura (Dt 8,2-3.14-16): El maná para atravesar el desierto
I.1. La Iª Lectura de Deuteronomio 8,2-3.14-16 nos habla del maná, que ha sido en la Biblia el símbolo de un “alimento divino en el desierto”. Ya se han dado varias explicaciones de cómo podían los israelitas fabricar el maná con plantas características de la región. Pero podemos imaginarnos que ellos veían en esto la mano de Dios y la fuerza divina para caminar hacia la tierra prometida. Por eso no podemos menos de imaginar que el “maná” haya sido mitificado, porque fue durante ese tiempo el pan del desierto, es decir, la vida. La simbología bíblica del maná, pues, tiene un peso especial, unido a la libertad, a la comunión en lo único y más básico para subsistir y no morir de hambre: eran como el pan de todos.
I.2. Es determinante este aspecto de la travesía del desierto, después de salir de Egipto, en la pobreza y la miseria de un lugar sin agua y sin nada, ya que ello indica que Dios no solamente da la libertad primera, sino que constantemente mantiene su fidelidad. En las tradiciones bíblicas de la Sabiduría, de las reflexiones rabínicas, y en el mismo evangelio de Juan, nos encontraremos con el maná como la prefiguración de los dones divinos. El texto del Deuteronomio invita a recordar el maná, “un alimento que tú no conocías, ni tampoco conocieron tus antepasados” (Dt 8,3). Era lógico, ya que era un alimento para el desierto y del desierto, aunque la leyenda espiritual lo haya presentado como alimento venido del cielo.
I.3. El maná era solamente para el día (Ex 16,18), sin estar preocupados por el día siguiente y por los otros días. Y era inútil, por las situación de calor del desierto, guardarlo, ya que llegaba a pudrirse (Ex 16,19-20; cf. Lc 12,13-21.29-31). También de esto la leyenda espiritual sacó su teología: a Israel se le enseñaba así a tener verdadera confianza en la providencia misericordiosa de Dios. En el desierto, el israelita era llamado a la fe–confianza.
I.4. El Deuteronomio hace una llamada a la “memoria” del pueblo, para “que no se olvide del Señor, su Dios” (Dt 8,14). El recordar la liberación de la esclavitud de Egipto por medio de la mano potente del Señor (Dt 8,14), como también el recuerdo de la experiencia humillante pero necesaria del desierto (v. 16), tienen la función esencial de colocar como fundamento de la existencia la presencia amorosa del Señor en la historia. Todo esto se hace memoria” (zikaron, en hebreo), que ha de tener tanta importancia para el sentido de la eucaristía e incluso para que este texto del Deuteronomio haya sido escogido en la liturgia del “Corpus”.

IIª Lectura (1Cor 10,16-17): La koinonía de la Eucaristía
II.1. Los textos neotestamentarios de la eucaristía que poseemos son fruto de un proceso histórico, por etapas, que parten de la última cena de Jesús con sus discípulos, y que en casi la totalidad de los mismos tenían un marco pascual. Por consiguiente, trasmitir las palabras de Jesús sobre el pan y sobre la copa es hacer memoria (zikaron) de su entrega a los hombres como acción pascual para la Iglesia. Nuestro texto de hoy, de todas formas, no es el de las palabras de la última cena sobre el pan y sobre la copa (cf 1Cor 11,23-26), sino una interpretación de Pablo del doble rito de la eucaristía: sobre el cáliz de bendición y sobre al pan.
II.2. Es un texto extremadamente corto, pero sustancial. Expresa uno de los aspectos inefables de la Eucaristía con el que Pablo quiere corregir divisiones en la comunidad de Corinto. La participación en la copa eucarística (el cáliz de bendición)es una participación en la vida que tiene el Señor; la participación en el pan que se bendice es una participación en el cuerpo, en la vida, en la historia de nuestro Señor.
II.3. De estos dos ritos eucarísticos, Pablo desentraña su dimensión de koinonía, de comunión. Participar en la sangre y en el cuerpo de Cristo es entrar en comunión sacramental (pero muy real) con Cristo resucitado. ¿Cómo es posible, pues, que haya divisiones en la comunidad? Este atentado a la comunión de la comunidad, de la Iglesia, es un “contra-dios”, porque dice en 1Cor 12,27 “vosotros sois el cuerpo de Cristo”.Sabemos que esta es una afirmación de advertencia a los “fuertes” de la comunidad que rompen la comunión con los débiles.
II.4. ¿Cómo es posible que la comunidad se divida? Esto es un atentado, justamente, a lo más fundamental de la Eucaristía: que hace la Iglesia, que la configura como misterio de hermandad y fraternidad. Podemos adorar el sacramento y las divisiones quedarán ahí; pero cuando se llega al centro del mismo, a la participación, entonces las divisiones de la comunidad entre ricos y pobres, entre sabios e ignorantes, entre hombres y mujeres, no pueden mantenerse de ninguna manera.

III. Evangelio (Jn 6,51-58): El pan de una vida nueva, resucitada
III.1. El texto de Juan es una elaboración teológica y catequética del simbolismo del maná, el alimento divino de la tradición bíblica, que viene al final del discurso sobre el pan de vida. Algunos autores han llegado a defender que todo el discurso del c. 6 de Jn es más sapiencial (se entiende que habla de la Sabiduría) que eucarístico. Pero se ha impuesto en la tradición cristiana el sentido eucarístico, ya que Juan no nos ha trasmitido la institución de la eucaristía en la última cena del Señor.
III.2. Este discurso de la sinagoga de Cafarnaún es muy fuerte en todos los sentidos, como es muy fuerte y de muy altos vuelos toda la teología joánica sobre Jesús como Logos, como Hijo, como luz, como agua, como resurrección. Se trata de fórmulas de revelación que no podemos imaginar dichas por el Jesús histórico, pero que son muy acertada del Jesús que tiene una vida nueva. Desde esta cristología es como ha sido escrito y redactado el evangelio joánico.
III.3. El evangelio de Juan, con un atrevimiento que va más allá de lo que se puede permitir antropológicamente, habla de la carne y de la sangre. Ya sabemos que los hombres ni en la Eucaristía, ni en ningún momento, tomamos carne y sangre; son conceptos radicales para hablar de vida y de resurrección. Y esto acontece en la Eucaristía, en la que se da la misma persona que se entregó por nosotros en la cruz. Sabemos que su cuerpo y su sangre deben significar una realidad distinta, porque El es ya, por la resurrección, una persona nueva, que no está determinada por el cuerpo y por la sangre que nosotros todavía tenemos. Y es muy importe ese binomio que el evangelio de Juan expresa: la eucaristía-resurrección es de capital importancia para repensar lo que celebramos y lo que debemos vivir en este sacramento.
III.4. El evangelista entiende que comer la carne y beber la sangre (los dos elementos eucarísticos tradicionales) lleva a la vida eterna. Es lo que se puso de manifiesto en la tradición patrística sobre la “medicina de inmortalidad”, y lo que recoge Sto. Tomás en su antífona del “O sacrum convivium” como “prenda de la gloria futura”. Y es que la eucaristía debe ser para la comunidad y para los individuos un verdadero alimento de resurrección. Ahora se nos adelanta en el sacramento la vida del Señor resucitado, y se nos adentra a nosotros, peregrinos, en el misterio de nuestra vida después de la muerte.
III.5. Esta dimensión se realiza mediante el proceso espiritual de participar en el misterio del “verbo encarnado” que en el evangelio de Juan es de una trascendencia irrenunciable. No debe hacerse ni concebirse desde lo mágico, sino desde la verdadera fe, pues de lo contrario no tendría sentido. Por tanto, según el cuarto evangelio, el sacramento de la eucaristía pone al creyente en relación vital y personal con el verbo encarnado, que nos lleva a la vida eterna.
Fray Miguel de Burgos Núñez
Lector y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura
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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.


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Pautas para la homilía
Uno de los primeros elementos que nos trasmite la Palabra de Dios en esta solemnidad es la categoría de recuerdo. La primera lectura tomada del libro del Deuteronomio nos habla de la importancia de recordar la historia, mejor dicho, la relación, la presencia de Dios en nuestras vidas. Cotidianamente cuando celebro la Eucaristía, en el momento del perdón que juntos como comunidad hacemos al inicio de la gran fiesta de acción de gracias, me gusta invitarme a mí mismo y a los demás a pedir perdón sobre todo por nuestra poca memoria de la acción y presencia salvífica que de Dios tenemos en nuestra vivir cotidiano.
Nos sucede, de manera muy similar, a lo que ocurre en invierno cuando nos levantamos de la cama y nos vestimos: al principio sentimos fría la camiseta que nos ponemos y notamos que ella está pegada a nuestro cuerpo. Poco a poco la camiseta adquiere la temperatura corporal y durante todo el día nos olvidamos de que la llevamos. Pero esto no significa que la camiseta haya dejado de hacer su labor de protegernos del frío. Con el Señor nos pasa algo similar. Es lo que decía mi abuela… que de santa Bárbara… solo cuando truena. Pues eso. Hacernos conscientes de la presencia de Dios, recordar su relación con nosotros nos ayudará a vivirnos más conscientes de ello, más agradecidos y agraciados. La eucaristía, el cuerpo partido y repartido de Cristo en la última cena es también ese recuerdo, ese memorial de una vida que se dona a favor nuestro. Esa actualización permanente del gesto que está llamado a repetirse de manera análoga en nuestra vida. Recuerdo y memorial.
Recordar. Ese volver a pasar por el corazón lo importante de las personas que conforman nuestra vida es una acción de gracias y a la vez un alimento, la “gasolina” del motor de nuestras vidas. Ya lo decía Timothy Radcliffe, antiguo maestro de la Orden de Predicadores: es necesario recordar lo vivido, nuestra historia, nuestras tradiciones, los hermanos que han caminado y hecho historia con nosotros y antes que nosotros…. Pero no por mero afán nostálgico, sino para crecer en actitud de agradecimiento y sobre todo para sentirnos parte. Sentirnos parte de la vida de Dios. Sabernos importantes para el corazón del Señor. Esta es la gran lección del recuerdo de la acción de Dios en la historia. Quizá me atrevería a decir, y con cierto temblor, que es ésta la gran tarea necesaria del cristiano: hacer memorial de la vida… la del Señor Jesús en la Eucaristía y la de todos y cada uno de nosotros en la vivencia de la fe.
Pero hay un paso más en este día del Corpus Christi: el cuerpo y la sangre de Jesucristo se hacen alimento permanente para nosotros. La lectura del evangelio de san Juan nos insiste en la simbología del pan vivo bajado del cielo. Comer su cuerpo y beber su sangre es mucho más que el acto físico. Es entrar a formar parte de la vida misma de Jesucristo y por tanto de Dios. Es sentirnos implicados en la vida de Cristo de tal manera que nos lleve a vivir y a actuar al modo de Jesús, con sus intenciones y formas. Esta idea de formar parte de la vida nos la recuerda una de las grandes mujeres de la mística cristiana. En el corazón de esa relación venida del alimento que supone la misma vida compartida hallamos el encuentro, la presencia constante de Cristo. En el siglo XIV Juliana de Norwich, no sólo llamaba a Dios nuestra 'madre', sino que también al mismo Cristo apelaba de la misma manera: Jesús es nuestra madre. Esto puede parecer muy extraño, incluso poco dogmático. Pero, como siempre, Juliana de Norwich quería decir algo luminoso en lo que afirmaba, había en su decir razones profundas para decir lo que decía. Ella no quería decir que Jesús fuese como nuestra madre. Se refería justamente al contrario: nuestra madre es como Jesús. La madre alimenta a su hijo desde su propio cuerpo, con su propio cuerpo y vida. El cuidado de una madre para con su hijo puede ser la mejor imagen que tenemos de Dios… y de Jesús. Alimentarnos con su propia vida.
Y el paso final, siempre es la pregunta. Pregunta o preguntas que cada uno de nosotros como creyentes tenemos que respondernos en un diálogo de amistad con el Señor. ¿Me siento alimentado por Cristo en la Eucaristía, en cada encuentro que realizo con Él? Y yo… como seguidor de Jesús: ¿es mi vida un espacio, una realidad compartida que da vida a los de mí alrededor? Dice Jesús que comiendo su carne y bebiendo su sangre habitamos uno en el otro, como un niño habita en su madre.
La implicación que supone confesar y celebrar el Corpus Christi va mucho más allá de una bonita reflexión sobre la comunión eucarística o de la bella oración y melodía del Ave verum corpus tomístico. Cuando uno está realmente implicado se delata a sí mismo como tal. ¿Cómo de implicados estamos quienes comulgamos día sí día también? ¿En qué se nos nota?
Somos parte de la vida de Dios.
Fr. Ismael González Rojas
Convento de San Esteban (Salamanca)

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